Empiece por concentrarse y estudie durante 45-60 minutos esa información tan difícil de retener que necesita para aprobar su próximo examen. Espere que transcurran cuatro horas, póngase el chándal y salga a practicar un ejercicio aeróbico durante 35 minutos, procurando que su ritmo cardíaco alcance el 80% de sus pulsaciones máximas.

Éstos son los pasos a seguir si queremos aplicar la última técnica de estudio descubierta por neurocientíficos holandeses y dada a conocer en Current Biology. El resultado: lo que ha estudiado quedará grabado a fuego en su hipocampo, el área de la sesera con forma de caballito de mar encargada de almacenar información a largo plazo.

No es magia, sino pura química. Los científicos saben desde hace algún tiempo que cuando en el cerebro se liberan dopamina y norepinefrina (catecolaminas), la memoria se consolida. Y resulta que el ejercicio físico es una de las actividades que más aumenta la secreción de estas moléculas. «Todo cuadra», asegura Guillén Fernández, investigador del Centro Médico de la Universidad de Radboud (Países Bajos) y coautor del estudio, que también ha demostrado que ejercitarse inmediatamente después de estudiar no tienen ningún efecto sobre la memoria. «Los cambios químicos ocurren con un ejercicio adecuadamente temporizado, realizado en el momento oportuno», argumenta Fernández.

Buena parte de los efectos del deporte se debe a que poner los músculos a trabajar aumenta la producción de la proteína BDNF (siglas inglesas de factor de crecimiento derivado del cerebro). La molécula que cumple funciones de socorrista para las neuronas. Tal y como se podía leer a principios de año en la revista Neurology, cuanto mayor es la reserva de esta sustancia más protegido está nuestro cerebro frente a agresiones como las placas que se forman en la mente de los enfermos de Alzhéimer. Aumentar la cantidad de BDNF equivale a pisar un freno que ralentiza el deterioro cognitivo hasta un 40%.

A fin de cuentas, la edad de nuestro cerebro depende de cuánto movemos nuestro esqueleto. Dicho de otro modo, mover las piernas es el ansiado elixir de la eterna juventud. Empleando técnicas de neuroimagen, un equipo de científicos japoneses liderado por Hideaki Soya demostró hace poco que gran parte del cerebro de los hombres de edad avanzada que se mantienen en forma funciona prácticamente igual que una sesera joven. Entre otras cosas, mientras que al envejecer solemos dejar de usar la corteza prefrontal izquierda para afrontar tareas mentales que implican a la memoria a corto plazo o la capacidad de reconocer objetos y personas, en individuos entrenados la actividad de esa zona se mantiene a tope con el paso de los años. Como si fueran siempre unos chavales. Investigadores de la Universidad de Miami (EE UU) han dado un paso más traduciendo los efectos del sedentarismo a cifras. Apalancarnos, aseguran, hace que el cerebro envejezca 10 años más rápido que si practicamos ejercicio moderado o intenso.

SIN DEPRESIÓN

Huelga decir que las neuronas salen muy bien paradas cada vez que vamos a correr o a montar en bicicleta. Entre otras cosas porque el ejercicio intenso aumenta también los niveles de dos neurotransmisores, el glutamato y el GABA (siglas de ácido gamma aminobutírico) que previenen la depresión, como ha demostrado Richard Maddock, psiquiatra de la Universidad de California-Davis (EEUU). En sus experimentos ha puesto de manifiesto también que cuando adoptamos estilos de vida sedentarios el que peor parado sale es el órgano pensante. Después de todo, no hay que perder de vista que, desde un punto de vista metabólico, el ejercicio vigoroso consume más energía cerebral que hacer complicados cálculos matemáticos o jugar al ajedrez. Y aunque nadie sabe a ciencia cierta aún en qué se emplea tanta energía, Maddock asegura que en parte se destina a fabricar neurotransmisores a manos llenas.

 

No sólo eso. El gasto energético cerebral se podría explicar porque salir a correr y otros ejercicios aeróbicos ponen en marcha la fabricación de neuronas nuevas (neurogénesis) en las zonas de la sesera dedicadas al aprendizaje y la memoria. Y eso aumenta el volumen de la mollera. Sobre todo de la corteza entorrinal, que crece considerablemente cuando ejercitamos nuestros músculos, según demostraba hace poco un estudio de la Universidad de Boston (EEUU).

A la vista de estas investigaciones, el cliché de empollón cuatro ojos, patoso y apalancado en el sofá ha quedado completamente obsoleto. Hincar los codos resulta más efectivo cuando ejercitamos el resto del cuerpo. Y para presumir de ser el más listo de la clase y tener una auténtica memoria de elefante no hay nada mejor que dedicar tiempo a correr y cultivar la musculatura. “Mens sabia in corpore deportista”.

 

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