En realidad, no se debe evaluar únicamente el pie, sino al paciente en su conjunto: su edad, su estado muscular, su movilidad articular, sus patologías y su capacidad de adaptación. Como ocurre con cualquier intervención terapéutica, es fundamental testar antes y realizar una adaptación progresiva.
Calzado barefoot
Si nos centramos únicamente en el pie, el calzado barefoot puede utilizarse incluso cuando existe alguna disfunción, siempre que esta esté compensada, por ejemplo, mediante plantillas.
En casos como espolones calcáneos u otras alteraciones mecánicas, el barefoot puede ser que aumente el dolor, por lo tanto no está recomendado en absoluto. En este calzado el pie se mueve lateralmente por falta de sujección de la parte media del pie.
La clave está en la adaptación progresiva. No se recomienda pasar directamente de un calzado convencional a uno barefoot. En muchos casos es preferible utilizar primero un calzado de transición, con una suela algo más gruesa pero con forma anatómica en el antepié, reduciendo gradualmente el grosor de la suela con el tiempo.
Sin embargo, el calzado barefoot no está recomendado en determinados perfiles, como:
- Pacientes senior con patología orgánica del pie (deformidades irreductibles, postquirúrgicos, pérdida de tejido adiposo plantar, etc.).
- Personas mayores con sarcopenia y limitaciones articulares.
- Pacientes con problemas importantes de equilibrio.
En estos casos, el barefoot puede aumentar el riesgo de dolor, inestabilidad o caídas.
Calzado con suelas blandas
En cuanto a las suelas excesivamente blandas, aunque pueden resultar más cómodas porque reducen el dolor al disminuir las aferencias plantares, también presentan inconvenientes importantes. Al apoyarse sobre una superficie inestable, el cuerpo necesita un mayor trabajo de la musculatura intrínseca del pie.
En pacientes mayores o con disfunciones neuromusculares, esta inestabilidad puede provocar un cambio en la estrategia de equilibrio, obligando a compensar desde la cadera. Esto incrementa significativamente el riesgo de caídas.
Además, este tipo de calzado puede “robar” información sensorial al pie y, por tanto, al sistema nervioso central, lo que dificulta una correcta respuesta postural. En definitiva, las suelas muy blandas son inestables y no siempre beneficiosas.
Barefoot en niños
El calzado barefoot se está utilizando cada vez más en niños y, en muchos casos, puede ser beneficioso para favorecer un desarrollo más cercano a lo natural. En pies sanos y en etapas de crecimiento, puede ayudar a mejorar la fuerza, la movilidad y la propiocepción, siempre que se utilice de forma adecuada.
Consideraciones finales
En general, el calzado barefoot puede ser muy beneficioso en personas con pies sanos, buena musculatura y que buscan mejorar fuerza y propiocepción, siempre con una adaptación progresiva y preferiblemente en superficies naturales.
Por el contrario, en personas mayores, en pacientes con artritis o con dolores articulares generalizados, espolones,… tanto el barefoot como las suelas blandas pueden provocar pérdida de equilibrio o aumento del dolor.
Conclusión
Antes de decidir la compra de un tipo de calzado, consulta con tu podólogo de confianza. Solo una valoración profesional permitirá determinar qué opción es la más adecuada para tus pies y tu situación personal.
En Postural Clínic podemos asesorarte y ayudarte a elegir el calzado más adecuado para tu caso.